sábado, 8 de marzo de 2014

Tinta a la Carta LII: Almuerzo en cuatro tiempos

~Aperitivo~
Yo, Robot
(Isaac Asimov)
—¿Estarán vivos, entonces?
—¡Seguro!
—¿Y el salto interestelar no los dañará?
Quedó helada al ver que el Cerebro permaneció en silencio. ¡Era eso! Había tocado el punto sensible.
—Cerebro —suplicó —Cerebro, ¿me oyes?
La respuesta fue débil, vacilante. El Cerebro dijo.
—¿Tengo que responder? Sobre el salto, me refiero.
—Si no quieres, no. Pero sería interesante, desde luego —trataba de hablar animadamente.
—Brrr… Lo has estropeado todo.

~Entrada~
Reckless
(Cornelia Funke)
La zorra pasó la cabeza por la mano sin vida de Jacob. Una última polilla se elevó en su pecho y, de repente, Fux retrocedió. Un escalofrío recorrió el cuerpo inerte. Los labios se abrieron buscando aire y sus manos se agarraron a las briznas de hierba.
¡Jacob!
Fux saltó sobre él con tanta fuerza que lo hizo soltar un quejido.
No habría tumba. ¡Ni hierba húmeda sobre su cara!
Lo mordió en la barbilla y en las mejillas. Lo quería devorar de amor.

~Plato Fuerte~
Graceling
(Kristin Cashore)
—He oído decir que tienes un ojo verde, como las praderas de Terramedia, y el otro azul, como el cielo.
—Sí, alteza.
—He oído también que puedes matar a un hombre con la uña del dedo meñique.
—Sí, alteza —contestó ella con una sonrisa.
—¿Eso te lo facilita?
La joven escudriñó al anciano que se mantenía encorvado en la silla y le replicó.
—No le entiendo.
—Tener unos ojos bonitos, quiero decir. El hecho de saber que posees unos ojos muy hermosos, ¿te aligera la responsabilidad que supone tu gracia?
Katsa rompió a reír.
—No, alteza. Viviría tan feliz sin lo uno ni lo otro.

~Postre~
Mandrágora
(Laura Gallego García)
—¿Cuánto tardaré en poder hablar como un hombre instruido?
—Pues… Eso depende de con cuánta dedicación estudiéis, alteza. En unos meses…
—¿Meses? —cortó Marco, frunciendo el ceño —Solo tengo dos días.
—¿Dos días? —repitió Miriam, sin comprender —¿Por qué?
—Porque, dentro de dos días, Rosalía se irá —explicó Marco (el corazón de Miriam fue súbitamente atravesado por un puñal invisible) —Y tengo que demostrarle que no soy ningún «vanidoso ignorante». Sé que, si su padre le dice que se tiene que casar conmigo, ella no podrá negarse. Pero aun así, quiero que me respete, quiero demostrarle que no soy un estúpido. ¿No estás de acuerdo…? —se detuvo un momento y la miró —¿Cuál era tu nombre?
El corazón de Miriam se rompió en mil pedazos.

(Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta")

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